La visión que nos hace bien

Cuando un equipo emprendedor llega a la instancia de formular su visión, queda en evidencia la poca compatibilidad del concepto tradicional frente a entornos dinámicos y poco claros. He vivido esta experiencia decenas de veces en mi colaboración con la cátedra de Emprendimientos Universitarios de la Universidad Empresaria Siglo XXI.

Ocurre que esta tipología de visiones debe redactarse cumpliendo con ciertos esquemas. Autores como Phillips Kottler o el mismo Peter Drucker se encargaron de definirlo en sus libros con gran detalle. En sus propuestas la formulación permite describir a la organización más allá del presente. De algún modo destruye lo desconocido y crea un lugar al cual llegar, reduciendo los riesgos y el estrés que supone dirigirse hacia la nada. 

Sin embargo es una herramienta, como tantas de las del managment moderno, que requiere de datos previos, de conocimientos de la industria e información del sector. Cuestiones de las que una empresa con trayectoria y vigencia tal vez pueda disponer, pero esto es algo que rara vez ocurre en un emprendimiento. 

Al aplicarlo a un proyecto que rompe paradigmas,  que debe construir justamente sobre lo desconocido, una visión con estas características resulta incompatible. Forzarla y exigir su utilización es un ejemplo claro de lo que Nicholas Taleb llama “La falacia narrativa”. Es decir, el engaño inconciente que supone creer que comprendemos algo sólo por verlo, describirlo (narrarlo), utilizando los pocos y nada pertinentes datos con los que contamos. Muchas veces, la visión que creamos es una mentira. Sirve para cumplir con el plan de negocios y para llenar la primer hoja del manual de inducción. 

La verdad es  que la idea de visión que hemos estudiado y difundido en las aulas tiene un enfoque extremadamente corporativo. Y esto, según yo lo veo, la hace poco aplicable a este tipo de casos. Las grandes empresas han demostrado su efectividad al asociar la visión a detallados planes llenos de objetivos y acciones y escribiéndola como idea de un futuro respecto a un lugar al que llegar en un determinado tiempo. En este sentido, la visión más que funcionar como inspirador, como empuje y como orientador del potencial emprendedor, lo hace (y sólo en parte) de los planes estratégicos.

El enfoque de la visión tradicional no está en las personas, ni en el valor, sino en los planes. Su formulación muchas veces es protocolar y que nada tiene que ver con la dinámica a la que un emprendimiento se enfrenta. De hecho, se trata de una concepción estática, kottler menciona: “La declaración de la misión por parte de la compañía debe proporcionar una visión y dirección para la misma durante los próximos diez o veinte años”. Y agrega: “Las misiones no se revisan a corto plazo” (extraído del libro Dirección de Mercadotecnia) 

En lo personal,   encuentro a estas visiones aburridas y poco interesantes. A menudo los estudiantes  presentan un mismo esquema: ser la empresa líder en el mercado, industria o sector.  Lograrlo en  los próximos años (detallando a cuantos años se refieren) y diferenciarnos por servicio, calidad, respeto, compromiso u otro tipo de atributo.  Algunas visiones fáciles de encontrar en la web y que sirven de ejemplo son estas:

 

– La visión de Ford: Convertirnos en la compañía principal del mundo de productos y servicios para el automóvil.

 

– La visión de KPMG: Ser líderes en los mercados en los que participamos.

 

Si a las grandes corporaciones, la visión les sirve de guía y anclaje para sus planes corporativos. Debería resultarnos sencillo ponernos de acuerdo en que su utilización para el mundo emprendedor es  algo forzado. Su aplicación se realiza en un entorno en donde lo que se planifica es poco y describe un futuro al cual llegar del que se conoce nada o casi nada. 

Y es que el emprendedor aún debe crear ese futuro. No es la elección de un camino u otro, es la construcción de ese camino. No se trata de vernos a nosotros mismos en un futuro, sino de ver ese futuro como la suma del presente más nuestro aporte. Si vamos a crear valor en la sociedad, la construcción de los nuevos modelos de negocios necesitará de herramientas pensadas para tal desafío. Dinámicas, sociales, globales y centradas en las personas. 

Lejos de los productos actuales, el mercado, la estrategia. La visión debería surgir más de lo que se quiere, de lo que sueña y de cómo se vive al mundo.  Y entiendo que el reclamo por este nuevo concepto de visión debe ser general, debe exceder incluso al emprendedurísmo. Porque necesitamos de una herramienta que oriente, no planes como lo hace la actual, sino la construcción de nuestra propia espiritualidad. Una herramienta que ofrezca sentido, que identifique, que nos defina hoy y a nosotros y no un lugar al cual llegar. 

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Cuando estudiemos, cuando emprendamos, cuando nos enamoremos, cuando le enseñemos algo a un niño, deberíamos tener en claro que lo que creamos, no puede estar disociado de aquello en lo que creemos.

 

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