Sobre el uso de las aulas #teneralgoquedecir

Me pasó muchas veces, en mis años de estudio formal, el aburrirme mientras un profesor daba su clase. No entendía, como alumno, por qué esa persona usaba ese lugar (el aula) para hacer algo tan aburrido y poco interesante como explicar lo que ya había leído o leería en el libro. Muchas veces (demasiadas) las clases poco tenían que ver con mis inquietudes, mis ideas, mis “what if”. En contraparte casi siempre (por no decir siempre) se alineaban con exactitud admirable a la estructura del programa de la materia, a las horas divididas en módulos y a los contenidos que entrarían en el próximo parcial.

 

En proporción era poco el tiempo y las oportunidades para que los minutos de aula se destinarán a lo que nos hacía a todos estar verdaderamente allí: la curiosidad y la diversión. Para el profesor el dictado de las clases era necesario para cumplir con el programa. Para el alumno, la asistencia a la misma se relacionaba con no quedar libre. Levantar demasiado la mano nunca estuvo bien visto, demorar al profe con ideas e inquietudes después de hora tampoco (la mayoría de las veces debía correr a otra aula a repetir la lección con otro grupo).

 

Ese aburrimiento que sentía y siento cuando por algún motivo entro a un aula me hace pensar en que algo pasa que quienes llegan a ese aula simplemente no tienen algo que decir. Al menos no algo curioso. Al menos no algo divertido. El profesor, más o menos puntual, enciende su power point, más o menos colorido y comienza el repetitivo acto de “transmitir” las ideas que leyó hace tiempo en el libro que los estudiantes leerán en sus casas (hacer el esfuerzo de llegar a clases con el libro leído y entonces escuchar al profesor se volverá una tortura). Con cierto énfasis destacará algunas ideas que, importantes o no, son las que se evaluarán en los exámenes. Y omitirá decir otras que, importantes o no, serán las que al preguntarlas en el examen le darán la fama de exigente.

 

Y las preguntas son. ¿Qué ocurre si usamos las aulas para enfocarnos en las curiosidades y ganas de divertirse de los alumnos? ¿Qué pasa si en lugar de seguir ese powerpoint y explicar la unidad del libro que toca, hablamos sobre algo en lo que creemos? ¿Qué si dejamos de usar las aulas para transmitir y comenzamos a “compartir”? ¿Cómo sería una clase si todos los que participamos de ella lo hiciéramos porque tenemos algo que decir?

 

En una experiencia personal reciente, termino mi primer semestre a cargo de una materia en la Universidad Empresarial Siglo 21 donde junto con Alejandra Lucero creamos un espacio donde el conocimiento no se transmite, se crea a partir de las experiencias que viven los alumnos a lo largo del semestres. Existe un marco pedagógico, existe una bibliografía, un programa, se ofrecen herramientas, clases, etc. Pero todo orientado a la creación de nuevo conocimiento, no a transmitirlo.

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¿El resultado? Por un lado, una metodología basada en la participación e involucramiento de todos (profesores, adscriptos, estudiantes), donde son los intereses de cada uno los que generan la curiosidad. Por el otro un esquema que suma diversión utilizando metodologías ágiles, visuales y basadas en el compartir. Aquí, es el grado de curiosidad y diversión que alcanza el estudiante lo que define la exigencia de su propio cursado y el conocimiento que construye y aporta.

 

En esta experiencia, las aulas resultan ser el espacio donde las personas construyen modelos visuales basados en hipótesis. Los mensajes fluyen no sólo de los maestros hacia los alumnos, sino también a la inversa y entre ellos, en todas direcciones. Grupos enteros se retiran del aula, se aíslan para concentrarse y luego vuelven con ideas rupturistas. El error, lejos de generar un castigo, valida esas hipótesis, las enfoca y refuerza.

 

Los exámenes se convierten en una instancia creativa llena de contenidos, de expresión y conocimiento. Tal es así que no sólo los profesores se sientan a escuchar. Muchos alumnos también presencian la instancia y participan, sin obligación, para aprender y absorber aquello que sus compañeros tienen para decir y para generar aportes y ayudar a encontrar espacios donde mejorar.

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Y quienes rinden, no sienten ser “evaluados”. Porque no es la nota lo que aquí motiva, porque no son las preguntas del profesor las que definen el qué decir o responder, porque la forma no es impuesta. La instancia de evaluación deja de ser controlada por quién evalúa. Aquí todo tiene relación con quién expone, con su forma de ser, con las cosas en las que cree, con su propia personalidad. Es un espacio para encontrarse, para recibir feedback y aportes que enriquecen la idea que se comparte.

 

Enfocarnos en construir espacios para crear conocimiento, en lugar de sólo reproducirlos es el camino para que todos tengamos algo que decir. Los profesores entenderán que no son las preguntas las que deben iniciar un examen. Que no son la valoración de las respuestas a esas preguntas las que definen cuánto ha aprendido el alumno. Y que no es el programa de la materia el que debe guiar las instancia. Si dejamos de utilizar las aulas para transmitir conocimiento, despertar pasión, a través de la curiosidad y la diversión, se vuelve condición sine qua non.

 

La relación maestro alumno se vuelve cada vez más difusa y aclararla parece quedar fuera de cuestión. Alumno no es quien aprendió la lección del maestro, y maestro ya no es quien toma lección al alumno. Maestros y alumnos unen sus esfuerzos para equivocarse juntos, ensayar, probar y crear nuevo conocimiento. Si antes las aulas citaban al maestro y al alumno para transmitir la lección, hoy lo hacen para crearla. Sólo que más simple, visual y lista para ser compartida.

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“Tener algo que decir” tendrá más relación con aquello que somos, con nuestra forma de ser, con las cosas en las que creemos y menos relación con los libros de la materia, las lecciones que memorizamos y las notas que sacamos en otros prácticos. “Tener algo que decir”, será lo que nos ponga en un aula, como estudiantes o como profesores, y no a la inversa, y lo que hará que las clases sean divertidas y curiosas.

 

Pero “Tener algo que decir” también será lo que nos saque del aula. Porque quienes lo hemos vivido sabemos que apenas surje una idea, se comparte. La creación no encuentra límites en las paredes de una Universidad. No respeta el silencio de las bibliotecas y no espera el timbre de los recreos o el anuncio del break. Amigos, novias, padres, hermanos, vecinos, tendrán cosas copadas que conversar con nosotros.

 

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